Conexiones mudas en el locutorio

El Periodico, CATALINA GAYÀ , 23-01-2013

Llegan en grupitos de dos o tres. Sus padres vinieron a Barcelona desde distintos puntos del planeta, pero ellos ya nacieron, o casi nacieron, en Barcelona y hablan en castellano entre ellos. Independientemente de la cultura de los padres todos llegaron al mundo con un chip digital. No les pregunto la edad, pero el que atiende en el locutorio tampoco lo hace.
Pagan el euro, o euro y medio según el local, que les cuesta la hora de conexión y se sientan delante de las pantallas. Su atención está solo en estas. Se ponen los cascos y se conectan a videojuegos on line que, veo, los transportan a realidades virtuales. Ya hay tres adolescentes sentados. Juegan a lo mismo: hay armas, marines, disparos. Espero que solo lo hayan vivido en la realidad virtual. No sé si están conectados entre ellos porque no hablan.
Les hago una pregunta y responden sin mirarme. Se aficionaron como todo el mundo, coinciden. ¿Cómo? «Súper Mario Bross».
Es esta una tarde cualquier de locutorio en Barcelona. Una tarde de acción, pero muda y sin movimiento humano. Hace 15 años, los padres o las madres de estos niños llamaban a sus familias desde estos mismos locutorios. Ahora los chicos son nuevos clientes de los locutorios. Con la crisis, han partido muchas familias y muchos locutorios han cerrado. Los que se han renovado han sustituido las cabinas telefónicas por pantallas. Por eso, ahora se ven más niños en los locutorios.
«Casi siempre juego a lo mismo». Uno de los chicos me regala unas palabras. «En mi casa –dice otro– mi mamá quitó internet por la crisis». El niño asegura que la mamá sabe que dos horas, «dos veces a la semana», su hijo está en un locutorio del centro de Barcelona.
Los tres juegan con desconocidos de todo el mundo. No importa la identidad de los contrincantes. No vienen a buscar ciberamistad . Uno sabe si el otro es bueno o malo por los puntos que acumula. De los realmente geniales «todo el mundo» se sabe los nickname . No les interesa ni de dónde son ni quiénes son.
«En mi casa –dice otro de los chicos– somos muchos». Es parco en palabras porque con cada pregunta gasta tiempo. Entra un chico que reconozco como el dependiente de una frutería. No dice nada y se conecta a una partida on line de críquet. Sé que el chico es de Bangla-
desh. Empiezo a entender que, pese al discurso de lo cibernético global, la cultura también cuenta en los videojuegos on line .
Un veinteañero, en un locutorio de Santa Caterina, se ríe de la brecha digital. Le cuento que Súper Mario Bross tampoco es un jovenzuelo. Nació en 1985 en Japón. El chico se sorprende.
El explica que estar conectado ayuda a no «vivir» en la calle. «Es más seguro, así era en Santo Domingo». Habla apasionado de un videojuego on line que tiene que ver con el béisbol. En España, supongo que uno de los juegos más populares será alguno que tenga que ver con el fútbol. Aunque están frente a la pantalla, los hijos de barceloneses no pasan las tardes en los locutorios.

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