La promesa perdida
El Mundo, , 22-08-2010La distancia más destructiva para el presidente Obama no es la que le llevan los republicanos en las encuestas de cara a las elecciones legislativas, ni siquiera la que ha ganado la desaprobación a su gestión, que ya sobrepasa al número de estadounidenses que la aprueban. Es la distancia que va de sus aspiraciones a la realidad.
La polémica sobre la mezquita en Manhattan ha evidenciado de modo sintético cuál es el problema. Primero salió el Obama de los principios elevados (en buena medida, los principios correctos, desde mi punto de vista). Luego reconsideró el asunto por motivos políticos. Después, una dificultosa explicación al Estado Mayor. A continuación, un silencio embarazoso, porque es difícil clarificar la clarificación de una clarificación. Por último, la pesarosa afirmación de que «no se arrepiente de ello».
Fue algo más que un lapsus. Desde el cese de Shirley Sherrod hasta la obsesión con Fox News, pasando por su empeño en fustigar a la «izquierda profesional», el Gobierno de Obama está metido en una hipocresía diaria. Ataca el ruido y la furia de las noticias por cable, pero se encuentra cautivo de sus ritmos. Y, entre compás y compás, a menudo parece reaccionario, veleta y sin principios.
Esta distancia entre los ideales y la práctica se está convirtiendo en una narrativa definitoria del Gobierno. Pero hay que decir que la retórica se corresponde con el mensaje. Habiendo gastado muy por encima de lo que preveían los mejores sueños de Franklin Roosevelt, para lograr una tasa de desempleo del 9,5%, Obama ha entrado en un callejón sin salida ideológico. La inclinación natural de su política sería un gasto aún mayor para estimular la economía, pero ahora es políticamente imposible. Así que se ha quedado en atacar a los republicanos. Éste es un instinto político natural, pero hace que Obama parezca otro político partidista en apuros.
Las tensiones se acumulan. El candidato que prometió cruzar las trincheras de los partidos sacó adelante su programa gracias a un desfile constante de votos de disciplina de grupo y a unas maniobras legislativas ejecutadas con mano dura. Al candidato que buscaba trascender las divisiones partidistas le ven como «demasiado de izquierdas» el 57% de sus probables votantes, según una reciente encuesta de Democracy Corps. El candidato que decía que «cambiaría de raíz la forma de funcionar de Washington» ha visto cómo la desconfianza de la sociedad hacia el Gobierno asciende hasta niveles propios de antes de la Revolución Francesa.
El fracaso a la hora de cambiar, o siquiera desafiar, la cultura de Washington duele tanto en la derecha como en la izquierda. Ahí tenemos a Lawrence Lessig escribiendo en The Nation: «Obama abandonará la Presidencia en 2013 o en 2017, dejando Washington intacto en lo esencial y traicionando el movimiento que él inspiró».
La altura de la caída política de Obama se mide por lo extraños que resultan ahora los ecos de su retórica anterior. Cuando hace poco dijo «Tendamos una mano a la esperanza», sonó como cuando un cantante pop envejecido, que ha echado barriga y ha perdido el tono, se arrastra al interpretar un viejo clásico. A Obama le persiguen los recuerdos de su propia promesa.
Ya se sabe que los políticos dicen una cosa y hacen otra. Y que los altos ideales y la buena retórica siempre crean la posibilidad de la hipocresía. Pero la decepción con Obama resulta especialmente intensa.
Llegó al Gobierno dando a los nuevos votantes unas esperanzas embriagadoras. Estados Unidos estaba borracho de idealismo, y aquello ha acabado deparando una resaca especialmente difícil. Pocas presidencias se han edificado tan consciente y completamente sobre una imagen idealista, con su lenguaje y sus iconos propios y distintivos. Pero esta «nueva forma de hacer política» se ha demostrado convencional en el comportamiento, predecible en el contenido y excepcional sólo por la profundidad de la división que ha inspirado.
El Gobierno de Obama tiene ante sí no sólo la perspectiva del repudio electoral, sino también una pregunta: ¿cómo se adaptará a la muerte de la convicción que le engendró?
Para algunos, se trata meramente de una confirmación de su visión previa de la política: que el idealismo es un fraude, que la brillantez retórica es un timo. Es cierto que pocos políticos ganan cuando se les conoce de cerca, que ningún hombre le parece un héroe a su mayordomo. Pero una nación de mayordomos perdería su capacidad para llevar a cabo grandes propósitos. Así que para muchos debería ser un motivo de tristeza que Obama se haya convertido en una razón para el cinismo. Todos los políticos caen… pero no desde una altura tan grande.
Michael Gerson es editorialista del diario ‘The Washington Post’.
(Puede haber caducado)