Proliferan los grupos policiales especialistas para cada conflicto La Guardia Urbana rebaja la conflictividad de la Rambla, pero la vigilancia no es suficiente
"No les importan las multas"
La Vanguardia, , 10-08-2010Doce de la noche. Viernes. Media docena de vendedores ambulantes ofrecen latas de cerveza a los turistas que suben a la Rambla por las escaleras mecánicas de la estación de plaza Catalunya. Dos motoristas de la Guardia Urbana cercan a uno de ellos mientras el resto huye acelerado. Los agentes multan al pakistaní, decomisan sus latas y prosiguen su ronda. A los pocos minutos todos los lateros, también el sancionado, reanudan su labor. Guardan las cervezas en papeleras hasta que se alejan los uniformes.
Esta es una crónica escrita desde el frente, sobre la guerra que la policía, sobre todo la municipal, mantiene con una intensidad hasta hace poco desconocida contra los buscavidas de la postal más conocida de la capital catalana. Una guerra sin más sentido que perpetuarse a falta de medidas de mayor calado: la vigilancia del espacio público puede mitigar los problemas, pero difícilmente resolverlos.
“Esto es absurdo – confiesa un agente municipal media hora más tarde a la altura del Liceu mientras sus compañeros se incautan de media docena de latas-.Cada noche retiramos mil, dos mil, tres mil cervezas… Pero no les importan las multas. No creo que las paguen. Para que se dejaran de vender latas en la Rambla tendríamos que poner un policía cada cinco metros o cambiar el sistema. Las multas no funcionan. Los que realmente se benefician de este tinglado siguen haciendo negocio”.
En todo caso, la situación este agosto, tanto de día como de noche, es más llevadera que la del año pasado, producto principalmente de una nueva actitud policial (y política) fraguada los últimos meses. Los Mossos d´Esquadra son estos días más visibles que nunca por la zona. Los traficantes de la calle Escudellers se preocupan más en ocultar sus actividades. Ya no buscan clientes con toda impunidad y en pleno día entre los turistas que pasean por la Rambla.
Los vecinos de la calle Aroles, una bocacalle de Ferran, ya contaron semanas atrás que desde hace meses no se tropiezan con felaciones en la puerta de su casa. La Vanguardia denunció hace más de un año como su vial y portales era uno de los escondites preferidos por las meretrices de la zona. Los puesteros de La Boqueria explican que desde febrero es raro encontrar de madrugada en los porches del mercado a prostitutas subsaharianas enfaenadas.
“Ahora todo es más discreto – coinciden varios de ellos-. Alguna mañana te topas con alguna escena. Pero en los últimos meses lo más habitual es encontrar las carteras y los bolsos que abandonan los carteristas después de vaciarlos”. Sí, ahora las prostitutas subsaharianas no cogen del brazo, insisten, acosan hasta el agobio a cualquier hombre que pasee por la Rambla sin la compañía de una mujer, tal y como ocurría hace apenas un año. Al menos no lo hacen hasta las dos y media o tres de la madrugada. Los amistosos abrazos son más propios de los carteristas que hicieron popular la técnica de Ronaldinho. Entre tanto las jóvenes africanas sólo se dejan ver por las calles más oscuras del Raval. Y en un número muy inferior al de un par de primaveras atrás, cuando sumaban un centenar. Ahora sus desmanes son mucho más tardíos. Como poco, hasta las dos de la madrugada, uno puede caminar por la Rambla sin que lo soben. Además, el garito que hasta hace pocos meses servía de discreto refugio para que los transexuales más veteranos y sus clientes acordaran con disimulo precios y servicios es ahora un bar para mochileros de albergue juvenil. “Por cincuenta euros, lo que quieras –ofrece cariñosa en inglés una joven de Ghana frente a la calle Arc del Teatre antes de señalar que un apaño rápido sólo cuesta veinticinco. Las subsaharianas dejaron de reventar los preciosydeofrecer primero cualquier callejón a los indecisos–. Vamos a mi casa. Está a aquí al lado. Tu amigo puede mirar”. “No, no vaya a haber alguien más en tu casa. No me fío”. “Vale, vale… Pues podemos hacerlo en la calle, tengo un sitio donde no nos molestará nadie”, agrega encaminándose hacia un aparcamiento. “Mejor no, es que estoy casado”. “Yo no se lo voy a decir a tu mujer, venga ¡vamos!”. “No, gracias”. “Vamos, no te arrepentirás”, asegura cogiendo al hombre del brazo, tirando de él con fuerza. “No, gracias…”. “Vamos, vamos…”. Su insistencia sólo puede frenarse con un violento gesto. A medida que avanza la madrugada las prostitutas toman el carril central de la Rambla, desde el Arts Santa Mònica hasta la calle Pelai, y recuperan sus modos más rudos, sobre todo con los más bebidos. “¡Borra la foto, bórrala!”, grita una de ellas mientras la emprende a mamporros con un fotógrafo. Al poco otras jóvenes y su proxeneta se suman a la agresión. El fotógrafo se refugia en la comisaría municipal. Allí la meretriz insiste en que se borren las instantáneas. Y es que sí, la Rambla está mucho tranquila que hace un año. Pero, mientras no se acometan reformas profundas, se tomen medidas contra la multirreincidencia, se ponga freno a la trata de blancas y la explotación sexual, cualquier cosa puede pasar, en cualquier momento. La auténtica prevención se fermenta en las más altas instancias. "Aquí lo único que podemos hacer es que nos vean mucho para que no se atrevan a robar a sus clientes, procurar que las peleas no vayan a mayores, mantener un mínimo de orden para que se pueda pasear por la Rambla –explica un guardia urbano con desgana, apurando su pitillo–. Nosotros tratamos de aplicar las ordenanzas, pero a la hora de mirar las direcciones de estas chicas para hacerles llegar las multas vemos que están empadronadas por el propio Ayuntamiento en “domicilio desconocido”, y así todo se vuelve papel mojado, un papel mojado que requiere horas de trabajo, que saca agentes de las calles, que…". En estas, dos jóvenes barceloneses denuncian que una de las subsaharianas se lió a puñetazos con ellos y trató de robarles en plena Rambla tras pedirles un euro. La radio comunica que una persona está arrojando botellas contra una vivienda en la calle Sant Pau. Dos agentes se ajustan los cintos.
CONSULTE LA SITUACIÓN DE HACE UN AÑO EN LA RAMBLA EN www. lavanguardia. es/
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