CRÍTICA / CÓMIC

Caricias y puñetazos en la pescadería

El Mundo, LAURA FERNÁNDEZ, 28-01-2010

Olimpita


Hernán Migoya / Joan Marín


Norma Cómics


148 páginas | 18 €


Olimpita es pescadera. Trabaja en el Mercat de l’Abaceria Central, en el barrio de Gràcia. Y siempre tiene un ojo morado porque a su marido se le va la mano a menudo. Olimpita no tiene muchas amigas y está empezando a gustarle un chico que huele un poco fuerte, como dice la camarera del bareto de enfrente, a la que su jefa llama sudaca. El chico se llama Ass y no tiene trabajo y Olimpita quiere que le eche una mano en la pescadería, pero a Carmelo, su marido, no le parece buena idea. Hasta que empieza a pensar que a lo mejor no le vendría mal quitarse un poco de trabajo de encima


Hernán Migoya y Joan Marín firman a medias una brutal historia de amor y puñetazos en la que el racismo campa a sus anchas por una Barcelona borracha de fútbol y odio a todo lo que sea diferente. Porque mirar cara a cara a las miserias cotidianas no es nada fácil, el sincero ejercicio de Migoya y Marín vale por dos. Porque no es otra terriblemente dramática historia sobre chicas maltratadas que no pueden escapar a su destino. Olimpita no se rinde, sin más, a los puños de Carmelo, sino que sigue soñando despierta con una vida mejor y se atreve a ir a por ella. Y esa vida mejor, o esa promesa de vida mejor, ha llegado de Senegal con los bolsillos vacíos. Y no sólo sueña con ella, sino que empieza a vivirla, desdoblando su vida en dos: una en la que se ahoga en el miedo y otra en la que disfruta de algo que es mejor que el amor.


La primera novela gráfica del tándem Migoya – Marín es una pequeña obra maestra de la contención. No hay escenas extremadamente dramáticas, el dolor se sobreentiende, porque los silencios duelen más que los bocadillos sobrantes (y describir un año en la vida de la protagonista en 12 viñetas en las que su cara no hace más que preñarse de morados es de guante blanco; de igual forma que lo son Las 24 expresiones inéditas en el rostro de Olimpita). Y si el guión es un portento, el dibujo no se queda atrás, blanco y negro de trazo grueso y ojos como puntos que son en realidad miradas perdidas. Una verdadera joya, que tendrá continuidad, porque Migoya y Marín ya han puesto en marcha su segunda novela gráfica a medias.

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