El difícil retorno de los inmigrantes

La Vanguardia, , 28-07-2009

DE los más de cinco millones de inmigrantes que viven en España tan sólo unos seis mil han aceptado las ayudas que el Gobierno ha ofrecido para incentivar el retorno voluntario a sus países de origen. Quizás las condiciones establecidas – capitalización del seguro de desempleo y prohibición de regresar a España antes de tres años-no sean lo suficientemente atractivas. Podría pensarse en mejorar esta oferta; pero ni las cuentas públicas lo permiten, dado el elevado déficit existente, ni hay garantías de que pudiera ser efectivo.

La grave recesión que sufre España está afectando principalmente a dos colectivos: los jóvenes, con una tasa de paro del 38 por ciento, y los inmigrantes, ya que prácticamente uno de cada cuatro se encuentra sin trabajo. Pese a la crudeza con la que los golpea la crisis, ya que la mayoría carece de familia que pueda darles apoyo, la preferencia general es quedarse en España. Y, en cierta manera, parece lógico.

Para buena parte de los inmigrantes, el hecho de haber abandonado su país, su casa y su familia para empezar una nueva vida en España ha sido una decisión muy difícil que ha comportado grandes sacrificios. La opción de quedarse y esperar a que pase la crisis resulta, para ellos, una opción razonable, puesto que aquí siempre les queda la esperanza de labrarse un futuro, algo que ni remotamente tienen en sus países de origen, donde la pobreza es extrema.

Aquí, además, los inmigrantes gozan también de una elevada protección social, que en sus respectivos países sería inimaginable. Al seguro de desempleo se suman los subsidios de asistencia social, la sanidad y la educación gratuitas, así como una amplia red de solidaridad ciudadana a través de múltiples instituciones, ya sean privadas, religiosas o municipales.

¿Pero cómo se ve o debería verse esta situación desde la sociedad española? Hasta ahora la inmigración ha sido considerada un fenómeno positivo para la economía, ya que ha aportado trabajo – un trabajo que los españoles no querían desempeñar-,ha hecho aumentar la tasa de natalidad y ha avivado el consumo, lo que ha actuado como motor de la actividad. Pero existe el riesgo evidente, como hemos dicho en otras ocasiones, de que la crisis pueda cambiar la percepción social de la inmigración hacia el rechazo, en la medida en que los extranjeros engrosan las filas del paro y se convierten en una carga asistencial para las arcas del Estado. Esto podría derivar, además, en eventuales focos de conflicto social, aunque por el momento no haya sido así.

Ante este panorama se hace preciso aportar una nueva reflexión. España quizás no precise ahora de tantos inmigrantes, pero los necesitará con toda seguridad dentro de unos años. No sólo porque la economía se recuperará a partir del 2011, según todos los pronósticos, sino porque progresivamente, a medida que avance el inevitable proceso de envejecimiento de la sociedad, hará falta más población para cubrir las necesidades del país. Una alternativa, en consecuencia, sería propiciar la mejor integración posible de los inmigrantes que ya están aquí, así como apostar por su formación cultural y profesional, para que puedan desempeñar mejor sus tareas futuras en nuestro país. Este planteamiento, sin embargo, debe ir asociado a otro tanto o más importante: el de impedir a toda costa la entrada de nuevos inmigrantes que no sean necesarios para cubrir puestos de trabajo específicos.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)